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Propuestas Musicales | Septiembre 21, 2026
La música volvió a convertirse en escenario de una discusión que trasciende las canciones. En las últimas semanas, el nombre de Macklemore quedó asociado a una controversia internacional después de que el rapero estadounidense expresara públicamente su apoyo a Palestina durante sus presentaciones como artista invitado de la gira estadounidense de Ed Sheeran. Lo que siguió fue una cadena de declaraciones, protestas, presión sobre los organizadores y la salida de Macklemore del tramo restante del Loop Tour. Pero dentro de aquel discurso hubo una frase que, para la comunidad cubana, merece detenerse un momento: “Free Cuba”.
Macklemore no habló únicamente de Palestina. Durante su intervención mencionó también a Cuba, Congo, Sudán e Irán. La referencia a la Isla apareció dentro de una enumeración más amplia de pueblos y países cuya libertad reivindicó. El documento que reconstruye la controversia para esta edición de Propuestas Musicales recoge precisamente ese contraste: mientras “Free Palestine” se convirtió en el centro de una disputa internacional, “Cuba libre” quedó prácticamente fuera de la conversación mediática que siguió.
Una mirada desde Propuestas Musicales a la hipocresía y el doble rasero de la izquierda internacional y los medios de comunicación…
…el pueblo cubano muere lentamente y agoniza en una de las crisis socioeconómicas y humanitarias más profundas de su historia, caracterizada por una escasez crónica de alimentos, medicinas y combustible. La vida cotidiana está marcada por apagones eléctricos masivos y prolongados, una inflación galopante que devalúa los salarios locales y el colapso severo de los servicios públicos esenciales, incluidos la salud y el agua potable. Pero lo peor no es la escases acostumbrada al diario vivir, es la violencia injustificada, la represión y la censura que sufren por la dictadura mas prolongada del emiferio Ocidental…
La pregunta, por tanto, no debería ser si Macklemore tenía derecho a pronunciarse sobre Palestina. Lo hizo y asumió las consecuencias públicas de hacerlo. La cuestión cultural es otra: ¿por qué determinadas declaraciones políticas realizadas desde un escenario musical consiguen convertirse inmediatamente en acontecimientos globales mientras otras referencias, incluso pronunciadas en el mismo discurso, reciben mucha menos atención?
El caso de Macklemore permite observar cómo funciona esa maquinaria. Después de sus intervenciones en favor de Palestina, la promotora Messina Touring Group anunció que el artista no participaría en las fechas restantes de la gira estadounidense. Según la promotora, fueron los propietarios de varios recintos quienes comunicaron que no permitirían conciertos con Macklemore en el cartel; posteriormente aparecieron distintas versiones y posicionamientos sobre las razones de su salida. El propio artista sostuvo que había mantenido conversaciones difíciles con Sheeran.
La controversia continuó incluso cuando Macklemore ya no estaba en el escenario. Varios artistas que participaban en la gira abandonaron sus presentaciones en solidaridad, mientras que manifestantes se concentraron alrededor del concierto de Sheeran en Filadelfia. Allí, el propio Sheeran habló públicamente sobre Gaza y calificó la situación de “catastrófica e injustificable”, aunque también explicó que sus conciertos debían representar unidad y humanidad, no convertirse en espacios partidistas.
Ese episodio demuestra el enorme poder que todavía conserva el escenario musical como plataforma de discusión pública. Una frase pronunciada entre canciones puede convertirse en noticia internacional, provocar reacciones institucionales, modificar una gira y abrir debates sobre libertad de expresión, responsabilidad empresarial y límites de la política dentro del entretenimiento.
Entonces aparece Cuba.
No para establecer una equivalencia entre la situación cubana y la de Gaza —realidades históricas, políticas y humanitarias diferentes—, sino para observar qué ocurre cuando la experiencia cubana entra en esa misma conversación internacional.
Una semana antes, el trovador cubano Silvio Rodríguez había utilizado una expresión extraordinariamente fuerte para describir su percepción de la realidad de la Isla. En una entrevista concedida antes de sus conciertos en Bilbao, afirmó: “Ahora mismo Cuba es una Gaza silenciosa” y agregó que el pueblo cubano necesitaba que el mundo lo visitara y lo viera. Se trata de una valoración política y personal de Rodríguez sobre la situación de su país, no de una equivalencia objetiva entre ambos escenarios.
La frase de Silvio introduce otra dimensión en esta discusión: Cuba también tiene músicos que utilizan su obra, sus entrevistas y sus escenarios para hablar de la realidad que viven o perciben. Lo han hecho desde posiciones políticas muy diferentes. Algunos han defendido al sistema cubano; otros lo han cuestionado abiertamente; otros han intentado mantener una distancia respecto a la política. Esa diversidad forma parte de la propia historia cultural de la Isla y de su diáspora.
Y precisamente por eso el debate resulta más interesante cuando se aleja de la pregunta “¿quién tiene razón?” y se concentra en otra: ¿quién consigue ser escuchado?
En septiembre de 2026, además, Cuba atraviesa una nueva discusión sobre las reglas que afectan al trabajo artístico. El Ministerio de Cultura aprobó la Resolución 29/2026, publicada en la Gaceta Oficial No. 78, que establece un nuevo sistema de evaluación para artistas de la música, las artes escénicas y el sector audiovisual. Según la información publicada sobre la norma, la evaluación contempla aspectos como preparación profesional, conocimientos, resultados artísticos y trayectoria, y establece mecanismos de certificación y acreditación profesional.
La existencia de esta regulación no demuestra por sí misma que cada artista cubano esté siendo censurado, ni permite concluir que todos los creadores experimenten sus efectos de la misma manera. Pero sí abre una conversación legítima sobre quién regula el ejercicio profesional de los artistas, cuáles son los criterios de evaluación y qué relación existe entre institucionalidad cultural y libertad creativa.
Ese debate merece atención precisamente porque Cuba posee una industria musical que ya no puede entenderse únicamente desde la Isla. La cultura cubana está repartida entre La Habana, Miami, Madrid, Nueva York, Tampa, Barcelona, Ciudad de México y decenas de ciudades donde viven músicos, compositores, productores y públicos cubanos. La política cultural de Cuba, por tanto, también termina formando parte de una conversación transnacional.
La industria internacional tiene aquí un desafío particular. No todos los artistas tienen que convertirse en activistas. Tampoco existe una obligación de pronunciarse sobre cada conflicto del planeta. Una carrera musical puede legítimamente mantenerse al margen de la política. Pero cuando un artista decide utilizar deliberadamente su plataforma para defender determinadas causas, resulta razonable que periodistas y públicos examinen qué causas elige, cómo las presenta y qué otras realidades quedan fuera de ese foco.
Eso no convierte automáticamente a nadie en hipócrita. Tampoco demuestra que exista una conspiración mediática contra Cuba. La visibilidad internacional depende de muchos factores: la magnitud de un conflicto, la capacidad de movilización de sus comunidades, el interés de los medios, la coyuntura política, las audiencias, los mercados y, también, la disposición de los propios artistas a hablar.
Pero el contraste existe y merece ser discutido.
Macklemore dijo “Free Cuba” frente a miles de personas. Esa frase está registrada dentro de su intervención y forma parte de un discurso mucho más amplio sobre libertad. Sin embargo, la controversia que siguió se concentró fundamentalmente en Palestina y en las consecuencias que tuvo esa posición para su participación en la gira de Sheeran.
La pregunta para la música cubana no debería ser solamente por qué Macklemore no habló más sobre Cuba. También habría que preguntarse por qué los propios medios, festivales, plataformas, artistas y audiencias internacionales no convierten con mayor frecuencia las experiencias de los músicos cubanos en parte de la conversación global sobre cultura y libertad artística.
Porque Cuba no es únicamente un asunto político. Es también una historia musical extraordinaria: son, rumba, trova, jazz, timba, salsa, reparto, canción de autor, música clásica y una industria contemporánea que sigue produciendo artistas capaces de competir en un mercado global mientras cargan con las tensiones de una sociedad dividida entre la permanencia y el exilio.
Y quizá ahí está la verdadera historia.
No se trata de pedir que una causa sustituya a otra. Palestina no necesita desaparecer para que Cuba sea escuchada. Cuba no necesita competir con Palestina para reclamar atención. Se trata de preguntarnos por qué la conversación cultural internacional puede ampliar su campo de escucha y reconocer que existen múltiples pueblos, artistas y comunidades que utilizan la música para hablar de libertad, identidad, memoria y pertenencia.
Macklemore dijo dos palabras que muchos cubanos conocen desde hace generaciones: “Cuba libre”.
Tal vez lo verdaderamente significativo no sea que las haya pronunciado, sino que después de decirlas casi nadie se detuvo a preguntar qué significan hoy.
Y esa pregunta —más que cualquier consigna— merece una canción, una conversación y, sobre todo, un escenario.
Escrito por Rafael Valdes
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