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today23 de agosto de 2026 109 9 6

Propuestas Musicales | Agosto 21, 2026
Era el verano de 2002 y Cuba bailaba a su manera. La timba todavía ocupaba un lugar privilegiado en la banda sonora de la Isla, las grandes orquestas mantenían viva una tradición bailable de enorme poder popular y los sonidos urbanos comenzaban a conquistar a una generación que quería nuevas formas de moverse. En ese territorio musical, donde el baile era casi un idioma nacional, apareció una canción española con un estribillo imposible. Y, de alguna manera, consiguió que toda Cuba hablara su idioma.
“Aserejé ja de je de jebe…”
Bastaba escuchar esos primeros compases para saber lo que venía después: los brazos levantados, las manos moviéndose frente al cuerpo, los pulgares, las rodillas. En casas, fiestas, escuelas, cumpleaños y espacios de recreación, Cuba comenzó a repetir una coreografía que no tenía la complejidad del casino, la cadencia del son ni la energía explosiva de la timba. Era simple. Y precisamente por eso funcionó.

El 10 de junio de 2002, Las Ketchup —las hermanas Lucía, Lola y Pilar Muñoz— lanzaron “Aserejé”, el primer sencillo de su álbum Hijas del tomate. En pocas semanas, aquella canción pasó de ser una curiosidad veraniega española a convertirse en un fenómeno internacional. La coreografía, diseñada alrededor de movimientos fáciles de imitar, terminó dominando fiestas, escuelas y pistas de baile en buena parte del mundo.
Cuba no fue una excepción. Al contrario: encontró en “Aserejé” un fenómeno perfecto para su cultura colectiva del baile. Aunque la canción llegaba desde España, la Isla la adoptó con una rapidez que hoy solo podría compararse con la viralidad de TikTok. La diferencia es que en 2002 no había algoritmos ni challenges. Para aprender el baile había que verlo en televisión, copiarlo en una fiesta, enseñárselo a un amigo y volver a repetirlo. El cuerpo era la red social.
La peculiaridad cubana estaba también en el contexto. A comienzos del nuevo milenio, la timba era una de las experiencias musicales más vinculadas a la juventud y a la música bailable contemporánea de la Isla. Su importancia iba mucho más allá de la radio: era música para reunirse, bailar y reconocerse socialmente. En medio de ese ecosistema profundamente cubano, “Aserejé” consiguió algo improbable: no competir con el baile local, sino convertirse temporalmente en una especie de idioma común.
Nadie necesitaba entender la letra para cantarla. Y quizá ahí estaba parte de su magia. El famoso trabalenguas era en realidad una recreación fonética de un fragmento de “Rapper’s Delight”, de The Sugarhill Gang, imaginado como si alguien que no hablaba inglés intentara repetirlo de oído. Pero en 2002 esa explicación importaba mucho menos que la sensación de pertenecer a algo que todo el mundo estaba haciendo al mismo tiempo.
Después llegaron los rumores. En América Latina, “Aserejé” fue objeto de absurdas teorías que pretendían encontrar mensajes satánicos en su letra y coreografía. Algunas instituciones llegaron a prohibirla. Mientras tanto, la canción seguía expandiéndose.
Las Ketchup vendieron millones de copias y convirtieron un éxito de verano en uno de los fenómenos pop más reconocibles de su tiempo. Pero en Cuba quedó algo que no aparece fácilmente en las estadísticas: el recuerdo.
Porque para quienes vivieron aquel verano, “Aserejé” es mucho más que una canción española de 2002. Es una imagen generacional. Es recordar cuando la música todavía viajaba de una televisión a una fiesta, de un reproductor a otro, de una persona a otra. Es volver a un momento en que una isla acostumbrada a inventar sus propios pasos decidió aprender uno extranjero.
Y lo hizo suyo.
Quizás esa sea la mayor victoria cultural de “Aserejé”: durante unos meses, en una Cuba donde cada generación parecía tener su propio ritmo, una canción imposible consiguió que todos hicieran exactamente el mismo baile.
Escrito por Rafael Valdes

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