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today23 de agosto de 2026 160 6 5

Propuestas Musicales | Agosto 21, 2026
Hay países donde el humor es un género de entretenimiento. En Cuba es, sobre todo, un mecanismo de supervivencia. Se va la luz por la décima vez en la semana, el peso pierde valor mientras el gobierno todavía explica su nuevo valor, una familia entera se despide en el aeropuerto de un hijo que no volverá pronto —y en algún punto de ese mismo día, en algún teléfono, aparece un meme. Una imagen absurda. Una frase filosa. Un video de veinte segundos que convierte la tragedia cotidiana en carcajada colectiva.
No es frivolidad. Es una tecnología emocional muy antigua, forjada bajo décadas de comunismo, puesta ahora a trabajar sobre una infraestructura nueva.

El cubano lleva generaciones practicando el choteo: esa costumbre nacional de desinflar con humor todo lo que pretende presentarse como solemne, intocable o superior. Los estudiosos de la identidad cubana lo han señalado durante décadas: el choteo no es simple burla, es una manera de negarse a tomar en serio aquello que exige respeto sin habérselo ganado. Antes de que existiera internet, esa tradición vivía en la cola del pan, en el barrio, en el chiste que corría de boca en boca antes de que alguien pudiera denunciarlo ante quien no debía escucharlo. Era un humor de bajo alcance y alto riesgo: nació precisamente porque decir las cosas en serio, bajo un régimen que castiga la disidencia abierta, podía costar la libertad. Reírse, en cambio, siempre dejó un resquicio de duda: ¿era una crítica o solo un chiste? Esa ambigüedad fue, durante décadas, la única forma segura de decir la verdad en voz alta.
Con la llegada de los datos móviles y las redes sociales, esa misma tradición encontró un altavoz que ningún gobierno de la isla había tenido que enfrentar antes. La posibilidad de que un chiste nacido en La Habana llegue, en minutos, a un teléfono en Miami, en Madrid o en Hialeah cambió la ecuación por completo. Ya no se trata de un comentario que se disuelve en el aire después de decirse; se trata de una imagen que queda, que se comparte, que se comenta y que —sobre todo— sobrevive a quien la creó, incluso si esa persona nunca podría firmar con su nombre una crítica directa a la dictadura.
El meme se volvió así una plaza pública portátil, la que el régimen nunca autorizó pero tampoco pudo cerrar del todo. Es un espacio que no necesita permiso, ni convocatoria, ni siquiera coraje individual: basta con compartir una imagen que ya circula. Ahí está buena parte de su fuerza silenciosa. No exige que nadie dé la cara primero. Miles de personas pueden reírse del mismo chiste sin necesidad de organizarse, sin pancartas, sin haber cruzado ninguna línea roja explícita frente a un aparato represivo que ha encarcelado a quienes sí la cruzaron. Y sin embargo, algo se mueve cada vez que eso ocurre.
Porque la risa, frente al sufrimiento impuesto por décadas de escasez planificada y control estatal, cumple una función que va mucho más allá del alivio momentáneo. Cuando una figura de autoridad se convierte en personaje cómico, pierde una parte de su peso simbólico. Cuando una medida oficial genera miles de chistes en lugar de miles de aplausos obligatorios, el poder pierde el control de su propio relato: ya no es él quien decide cómo se cuenta la historia de su propia gestión. La represión sigue ahí. Los apagones no se resuelven con un meme, y nadie en Cuba cree lo contrario. Pero el miedo reverencial —esa distancia sagrada entre quien manda y quien obedece, construida durante generaciones a fuerza de censura y castigo— empieza a resquebrajarse un poco cada vez que alguien se atreve a reírse en público de lo que se suponía debía temerse en silencio.
Hay algo profundamente humano en ese gesto. La psicología social ha documentado cómo el humor funciona como válvula de escape en contextos de opresión prolongada: permite procesar el dolor sin quedar atrapado en él, permite nombrar lo intolerable sin necesidad de gritarlo frente a un sistema que castiga el grito. En Cuba, esa función adquiere un matiz generacional muy particular. Los abuelos sobrevivieron los años más duros del comunismo con el chiste bajito, el que se contaba solo entre confianza absoluta, sabiendo que una palabra fuera de lugar podía significar una denuncia, una pérdida de trabajo, una cartilla marcada. Sus nietos heredaron ese mismo impulso, pero lo digitalizaron y le dieron alcance planetario: el chiste que antes moría en la sala de una casa ahora puede ser visto por millones antes de que termine el día.
Es, en ese sentido, una forma de respirar bajo un sistema diseñado para no dejar respirar demasiado. Pero también, cada vez más, una forma de aprender a no callar. El meme no reemplaza la protesta, no derriba gobiernos ni resuelve apagones, y sería ingenuo pretender que lo hace. Lo que hace es algo más silencioso y quizás más duradero: erosiona la solemnidad del poder, un chiste a la vez, hasta que la autoridad deja de sonar tan seria e infalible como siempre quiso sonar. Y una vez que un pueblo aprende a reírse en voz alta de lo que antes solo susurraba entre paredes, ya no es exactamente el mismo pueblo silencioso de antes.


Ese humor, además, cumple una función que ni la represión más sistemática ha logrado eliminar del todo: la de mantener unida a una comunidad fracturada por el exilio y la distancia. La diáspora cubana, dispersa en decenas de países tras generaciones de éxodo forzado por el propio sistema que hoy se burlan, se reconoce en el mismo meme que circula dentro de la isla; el chiste se convierte en idioma compartido entre quienes se fueron y quienes se quedaron, entre quienes viven con apagones diarios y quienes solo los recuerdan desde lejos. En ese sentido, reírse de la desgracia no es únicamente resistirla puertas adentro: es también negarse a que la distancia geográfica termine de romper lo que el propio choteo, generación tras generación y bajo el mismo régimen, se ha empeñado tercamente en mantener vivo.
Es tanta la miseria, la corrupción y la mentira como alternativa de sobrevivir: que la vida del cubanos es un meme.
Escrito por Rafael Valdes

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