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Propuestas Musicales | Febrero 4, 2026
La noche de los Grammy 2026 prometía nostalgia, cifras récord y discursos de agradecimiento ensayados frente al espejo. Nadie —ni siquiera los estilistas más cínicos de Hollywood— anticipó que uno de los momentos más comentados de la gala no tendría que ver con un premio, sino con la cantidad de tela que Justin Bieber decidió no usar. Subió al escenario para interpretar “Yukon” con guitarra en mano, tatuajes a la vista, calcetines altos y calzoncillos de seda. Nada más. Y con eso bastó para incendiar redes, titulares y debates sobre hasta dónde llega hoy la provocación pop.
No fue un striptease ni un gesto obsceno. Fue, más bien, una puesta en escena desnuda de artificio, un acto calculado que apeló al impacto inmediato en una era donde la música, sola, ya no siempre alcanza. En un show históricamente obsesionado con el vestuario —del vestido verde de J.Lo al traje de carne de Gaga— Bieber decidió ir en sentido contrario: menos es más. O al menos, más ruido.
El tema elegido no fue casual. “Yukon” es una canción introspectiva, casi ascética, y su interpretación en ropa interior reforzó el mensaje de vulnerabilidad que el canadiense viene explorando desde hace algunos años. El cuerpo como lienzo, la voz como confesión. Bieber parecía decir: esto soy, sin filtros, sin capas. El problema es que, en los Grammy, ningún gesto es inocente.

Las reacciones fueron instantáneas y extremas. Para algunos fans, el momento fue “arte performático”, una declaración de libertad creativa en una industria que exige corrección estética constante. Para otros, fue simple estrategia de marketing, un truco para dominar el ciclo de noticias en una noche saturada de estímulos. Y luego estuvo el tercer grupo: los que se preguntaron, con ceja levantada, si cantar en bóxer será la próxima tendencia escénica.
La comparación con otros momentos icónicos es inevitable. Prince jugó con la ambigüedad sexual como lenguaje político. Freddie Mercury convirtió el cuerpo en extensión del rock. Madonna entendió antes que nadie que el escándalo es una herramienta narrativa. Pero lo de Bieber pertenece a otra época: la del clic inmediato, la del meme antes que la crítica, la del titular antes que la canción. No se trata de erotismo ni de rebeldía pura; se trata de visibilidad.
Y ahí está la pregunta incómoda: ¿qué dice esto del estado actual del pop? En un contexto donde TikTok dicta hits en 15 segundos y la atención es el bien más escaso, el cuerpo del artista vuelve a ser moneda de cambio. No como objeto sexual explícito, sino como shock visual. Bieber no se desnudó para seducir; se desnudó para interrumpir.
La industria, por supuesto, tomó nota. Diseñadores opinando sobre la “estética del despojo”, expertos en branding celebrando la viralidad, ejecutivos midiendo el impacto en reproducciones. Y mientras tanto, la música —esa vieja obsesión— quedó en segundo plano durante unas horas. “Yukon” subió en streams, sí, pero el debate giró alrededor de los calzoncillos, no de los acordes.
¿Es esto nuevo? No del todo. ¿Es sintomático? Absolutamente. El pop siempre ha sido un espejo exagerado de su tiempo, y el nuestro vive entre la hiperexposición y la búsqueda desesperada de autenticidad. Bieber, que ha pasado por todas las fases posibles del estrellato —niño prodigio, ídolo adolescente, artista en crisis, adulto introspectivo— parece entenderlo mejor que muchos de sus contemporáneos.
También hay algo de ironía en todo esto. En una ceremonia que celebra la excelencia musical, uno de los momentos más memorables se definió por lo que no llevaba puesto el artista. Quizás ahí radica la verdadera provocación: obligarnos a preguntar qué esperamos hoy de un show en vivo. ¿Canciones impecables? ¿Narrativas personales? ¿O simplemente algo que nos saque del scroll automático?
Si cantar en bóxer se vuelve moda, no será por rebeldía, sino por competencia. Porque en la economía de la atención, el próximo impacto siempre tiene que ser más ruidoso, más raro, más desnudo. Bieber lo entendió y jugó su carta. El resto del pop decidirá si lo sigue… o si encuentra otra forma de volver a vestir a la música con algo más que piel.
Por ahora, los Grammy 2026 ya tienen su imagen icónica. Y no está en una estatuilla dorada, sino en un escenario donde, por unos minutos, la ropa fue lo de menos.
Escrito por Rafael Valdes

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