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today25 de agosto de 2026 60 12 5

Propuestas Musicales | Agosto 25, 2026
El exilio cubano suele narrarse desde la pérdida: una maleta, una despedida sin fecha de regreso, la memoria de una casa que ya no está. Pero, en Miami, también se cuenta al ritmo de un dembow. Celina Filib, de 74 años, y su esposo, de 78, son prueba de ello. Una pareja que llegó a internet bailando reguetón con una naturalidad desarmante y terminó recordándole a millones que la vejez no tiene por qué ser sinónimo de quietud.
El video que los convirtió en fenómeno circuló con la velocidad propia de las redes: una pista musical, un casino, una pareja bailando sin pedir permiso ni perdón. Lo que pudo haber sido un instante privado se transformó en una declaración pública. No había coreografía calculada, filtros de juventud ni nostalgia fabricada. Había ritmo, humor y dos personas que todavía encuentran razones para moverse juntas.

Ella y él se conocieron en Miami, un territorio donde muchas vidas cubanas vuelven a empezar. Llevan 21 años casados y, tras la repercusión de aquel baile, crearon el proyecto Ganas con canas, una plataforma desde la que comparten su energía con una comunidad que ya no mira la edad como un límite automático.bbc
Su historia toca una fibra especialmente profunda dentro de la cultura cubanoamericana. Para muchas familias del exilio, los abuelos son los grandes archivistas de la memoria: quienes guardan las recetas, las frases de la infancia, los boleros, las fotografías y los nombres de las calles que quedaron atrás. Pero Celina y su esposo rompen con la imagen estática del abuelo como figura exclusivamente nostálgica. Ellos no están solamente custodiando el pasado: están participando del presente.
Y ese presente tiene reguetón. No importa que el género haya sido discutido, celebrado o cuestionado por generaciones enteras; en sus manos —o, más bien, en sus pasos— se convierte en un lenguaje de complicidad. La música urbana no aparece como una barrera entre jóvenes y mayores, sino como una pista común. Una canción que muchos asocian con discotecas, tendencias y teléfonos móviles adquiere otra lectura cuando una pareja septuagenaria la baila con alegría y total convicción.
La viralidad les abrió puertas que no parecían estar en el libreto. La pareja pasó de no dominar las redes sociales a participar en programas de telerrealidad, videoclips y eventos internacionales. Pero el interés de su historia no está solo en esa inesperada ruta mediática. Está en la manera en que resignifican la visibilidad: no buscan aparentar juventud, sino celebrar una vida que todavía conserva deseo, juego, elegancia y capacidad de asombro.
Hay algo profundamente cubano en esa actitud. En medio de la dificultad, la distancia y las pérdidas que atraviesan tantas historias migratorias, el baile continúa siendo una forma de afirmación. Se baila en una fiesta familiar, en un portal, en una cocina, en una esquina de La Pequeña Habana o en un salón de casino. Se baila para recordar a quienes faltan, para celebrar a quienes llegaron y para insistir en que la alegría también puede ser una forma de resistencia.
Celina y su esposo no venden una fórmula mágica contra el paso del tiempo. Tampoco intentan esconderlo. Su encanto está, precisamente, en hacer de cada cana una medalla y de cada paso una pequeña victoria. Bailan porque pueden, porque quieren y porque aún se eligen mutuamente después de 21 años.
En una época que premia la juventud como si fuera una credencial exclusiva para pertenecer a la cultura popular, ellos ofrecen una corrección necesaria: la vitalidad no se mide en cumpleaños. El exilio cubano, como ellos demuestran, no solo recuerda, trabaja y resiste. También baila, se ríe y vuelve viral una verdad simple: mientras haya música, siempre habrá una razón para seguir moviéndose.
Escrito por Rafael Valdes

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