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Un país en bancarrota bailando salsa: ¿celebración cultural o desconexión con la realidad?

today23 de febrero de 2026 9 3 5

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Propuestas Musicales | Febrero 23, 2026

Mientras Cuba atraviesa una de las crisis económicas y humanitarias más profundas de su historia reciente, el Festival de la Salsa 2026 se anuncia con bombos, platillos y una narrativa oficial que habla de “rediseño”, “autofinanciamiento” y “voluntad de garantizar ofertas recreativas”. Del 27 de febrero al 1 de marzo, La Habana volverá a sonar a timba y son en la Estación Cultural de Línea y 18, con un cartel que reúne a pesos pesados de la música popular bailable. Sobre el papel, es una postal vibrante. En la calle, la pregunta es inevitable: ¿en qué país ocurre realmente este festival?

El evento —que celebra diez años desde su creación por iniciativa de Maikel Blanco y rinde homenaje a los 70 años de Elito Revé y su Charangón— cambia de sede para “disminuir costos” y “facilitar el acceso”. El discurso institucional insiste en que no implica gastos del presupuesto estatal y que, incluso, generará utilidades. Sin embargo, esa explicación choca con una realidad cotidiana marcada por apagones prolongados, escasez de alimentos, falta de medicamentos y salarios pulverizados. En ese contexto, anunciar entradas a 800 y 1000 CUP —cuando el ingreso promedio apenas alcanza para sobrevivir— no suena a inclusión cultural, sino a desconexión.

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Artistas ajenos a la realidad, bien valdría la pena guardar esos nombres para un futuro. La memoria suele fallar, pero con disculpas «no se puede borrar» los que una vez más, se burlan ignorando la desgarradora suerte de quienes viven hoy apenas con luz eléctrica y no tienen que comer, pero que bailen salsa los que pueden.

La programación es, sin duda, de alto calibre: Los Van Van, Manolito Simonet y su Trabuco, Adalberto Álvarez y su Son, Alexander Abreu y Havana de Primera, Haila, Alain Pérez, Iván “el hijo de Teresa”, entre otros. También hay DJs internacionales, talleres, bailarines invitados y más de 600 turistas extranjeros confirmados. Para el visitante, Cuba vuelve a ser la isla del ritmo eterno; para el cubano de a pie, el contraste es brutal: bailar de noche, resolver de día.

Desde una óptica cultural, la salsa y la timba han sido históricamente lenguajes de resistencia, válvulas de escape en tiempos difíciles. Nadie discute el valor simbólico de la música popular cubana ni el derecho del pueblo a la alegría. El problema no es la existencia del festival, sino la narrativa que lo rodea: presentar estas jornadas como prueba de normalidad, como evidencia de un país que “funciona”, cuando la realidad social cuenta otra historia. La cultura, aquí, corre el riesgo de convertirse en escenografía política. Y siempre hay y sobran los oportunistas.

El comunicado oficial subraya que el festival es “autofinanciado” y que beneficia a actores económicos estatales y no estatales. Pero esa afirmación deja fuera una pregunta clave: ¿quién puede realmente pagar la entrada? ¿El jubilado que vive con pensiones simbólicas? ¿La madre que pasa horas en colas para conseguir pollo? ¿El joven que sueña con emigrar porque no ve futuro? En la práctica, el evento parece diseñado para turistas, élites culturales y una minoría con acceso a divisas, no para el grueso de la población que sostiene —con su precariedad— el relato de la “resistencia”.

Hay, además, una dimensión ética imposible de ignorar. Mientras se organizan festivales y se celebran aniversarios, artistas, comunicadores e influencers independientes son detenidos, y la libertad de expresión sigue siendo un privilegio condicionado. La música que suena en el escenario es la misma que, fuera de él, convive con censura, vigilancia y miedo. Esa contradicción atraviesa todo el evento como un bajo persistente.

Para los músicos participantes, muchos de ellos leyendas vivas, la situación tampoco es simple. La mayoría ha construido su carrera dentro de un sistema donde decir que no tiene consecuencias. Su presencia no necesariamente implica respaldo político; muchas veces es supervivencia profesional. Aun así, el uso simbólico de sus nombres y trayectorias refuerza una imagen de vitalidad cultural que el Estado exhibe hacia afuera, mientras puertas adentro la vida se hace cada vez más cuesta arriba.

En clave Propuestas Musicales, este festival se lee como un acto de disonancia: un país en bancarrota bailando sobre sus propias grietas. La salsa suena, el público aplaude, los turistas bailan, pero el silencio entre canción y canción lo dice todo. Cuba no necesita menos cultura; necesita coherencia, prioridades claras y un respeto real por la dignidad de su gente. Celebrar mientras falta lo básico no es resiliencia: es negación.

La pregunta no es si debe existir el Festival de la Salsa. La pregunta es qué país se está contando cuando se organiza, y quiénes quedan fuera del baile. Porque cuando la música termina y se apagan las luces del escenario, la realidad vuelve a golpear con la fuerza de siempre. Y esa, por ahora, no se arregla con un solo, por virtuoso que sea.

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Escrito por Rafael Valdes

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