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La Industria Musical Cubana: Entre Gusanos y Ciberclarias.

today27 de febrero de 2026 13

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Propuestas Musicales | Febrero 25, 2026

La música cubana siempre ha sido un reflejo de su tiempo: diversa, vibrante, compleja. Sin embargo, en los últimos años, esa riqueza artística ha quedado atrapada entre dos trincheras ideológicas que distorsionan su alcance y su proyección global. En lugar de articularse como una industria cultural sólida, la escena musical cubana actual parece debatirse en un conflicto simbólico donde los términos “gusanos” y “ciberclarias” han reemplazado la crítica musical por el juicio político.

El término “artista ciberclaria” no es una categoría oficial de la industria musical ni académica. Es un concepto político y coloquial que surge del contexto cubano.

¿De dónde viene la palabra?

La palabra combina:

  • “Ciber” → relacionado con redes sociales, internet, activismo digital.

  • “Claria” → pez resistente y depredador introducido en Cuba en los años 90, que en el lenguaje popular se usa de forma despectiva para describir a alguien agresivo o que “ataca” constantemente.

En el discurso político cubano, “ciberclaria” se utiliza para referirse a personas que defienden activamente a la dictadura cubana en redes sociales, especialmente cuando responden o confrontan críticas al sistema político.

¿Qué significa “gusano”?

En Cuba, desde los años 60, la palabra “gusano” fue usada por el partido comunista, como un mecanismo fascita de desprecio y odio para referirse de forma ofensiva a:

  • Personas que se oponían al sistema político.

  • Exiliados cubanos que abandonaban la isla.

  • Intelectuales o artistas críticos del gobierno.

  • Figuras públicas asociadas con posturas anticastristas.

El término buscaba deslegitimar políticamente a quienes discrepaban, comparándolos con algo “rastrero” o “parásito”.

Desde la isla, los medios estatales y una parte de la comunidad artística tildan de «gusanos» a aquellos músicos que viven en el exilio o que se expresan críticamente sobre la situación política de Cuba. Aunque muchos de estos artistas han conquistado escenarios en Miami, Madrid o Ciudad de México, sus nombres rara vez son mencionados dentro del circuito oficialista, a pesar de su relevancia internacional. La etiqueta, heredada de los años más rígidos del discurso revolucionario, sigue utilizándose como un instrumento para invalidar sus méritos.

En el otro extremo, los artistas que se mantienen en Cuba y gozan del respaldo institucional o guardan silencio ante las problemáticas sociales, son acusados en redes de ser «ciberclarias«: una forma despectiva de señalar a quienes, desde la comodidad de su cercanía al poder, responden a los intereses del aparato ideológico. Esta visión no sólo polariza el debate, sino que convierte la música en rehén de una narrativa binaria.

La consecuencia más grave de esta división no es solamente la censura o la omisión: es el empobrecimiento del diálogo artístico. Muchos jóvenes creadores —con propuestas innovadoras en el reparto, la fusión, el jazz o la música urbana— terminan desplazados o atrapados en un campo minado donde la música se interpreta menos por su valor creativo y más por su contexto político.

Frente a este escenario, algunos artistas intentan navegar un camino neutral, enfocándose en su obra más que en su afiliación ideológica. Sin embargo, el silencio también es juzgado. En un entorno hiperconectado donde cada gesto es escrutado en redes sociales, callar también es tomar posición. Esta presión hace que la neutralidad, en muchos casos, sea imposible o insostenible. 

El futuro de la industria musical cubana dependerá de su capacidad para trascender estas etiquetas. A medida que nuevas generaciones consumen música sin importar si el artista vive en La Habana o en Hialeah, si canta salsa o trap, si actúa en la UNEAC o en los Latin Grammy, queda abierta una oportunidad única: construir una industria diversa, plural y verdaderamente global. Una industria que no pregunte “de qué lado estás”, sino “qué estás creando”.

Valientes aquellos que tienen el valor de expresarse, muy triste de aquellos que cierran los ojos y miran hacia otro lugar. Cuando los de aquí y los de allá osea todo un pueblo, tenga la voluntad de señalarte, sin importar posturas, no huyan, hay un pueblo que pondrá en su lugar lo que brilla y vale de la Industria Musical Cubana.

Una guerra iniciada desde hace 68 años pensada para dividir... la dictadura impulso un mecanismo de censura y exclusión que "hoy" atenta en su contra.

La confrontación entre los llamados “artistas ciberclarias” y “artistas gusanos” no es un fenómeno estrictamente musical, sino un reflejo de una fractura política e identitaria que atraviesa a la sociedad cubana desde hace décadas y que hoy encuentra en el ecosistema digital su escenario más visible. La música, históricamente en Cuba, ha sido un territorio simbólico de enorme peso cultural. No se trata solo de entretenimiento: es memoria colectiva, es identidad nacional y es narrativa histórica. Por eso, cuando un artista asume públicamente una postura política —ya sea de apoyo al gobierno o de abierta crítica— el impacto trasciende lo artístico y se convierte en un acto de posicionamiento moral ante una comunidad profundamente polarizada.

En la era previa a las redes sociales, las tensiones entre artistas afines al discurso oficial y artistas críticos se manifestaban de manera más institucional: censura, limitaciones de difusión, exclusiones de circuitos oficiales o marginación mediática. El conflicto existía, pero no se desarrollaba en tiempo real ante la mirada masiva del público. Con la llegada de plataformas como Instagram, YouTube o X, la dinámica cambió radicalmente. Hoy cualquier declaración se viraliza en minutos, los fragmentos de entrevistas se convierten en munición digital y las audiencias reaccionan con una intensidad multiplicada por los algoritmos. La polarización no solo se expresa: se monetiza, se amplifica y se convierte en tendencia.

Uno de los efectos más notorios es la transformación del consumo musical en un acto político. Para un sector de la audiencia, escuchar o dejar de escuchar a un artista puede ser una declaración ideológica. Se produce una especie de “militancia cultural” en la que los seguidores defienden a “los suyos” y atacan a quienes consideran adversarios simbólicos. Este comportamiento es especialmente visible en comentarios, campañas de boicot y enfrentamientos digitales. Sin embargo, este grupo, aunque ruidoso, no siempre representa la mayoría silenciosa que continúa consumiendo música sin convertir cada reproducción en un plebiscito ideológico.

Existe también una audiencia pragmática que intenta separar obra y postura. Para este segmento, la calidad musical, la capacidad de innovación o el impacto emocional de una canción pesan más que la afiliación política del intérprete. Este público suele sostener el éxito comercial de muchos artistas envueltos en polémicas, demostrando que la polarización discursiva no siempre se traduce en colapso de métricas. De hecho, en algunos casos, la controversia aumenta la visibilidad y genera picos de reproducciones, impulsados por la curiosidad o el debate.

Paralelamente, emerge un sector desencantado que percibe el exceso de confrontación como agotador. Especialmente entre audiencias jóvenes, existe una tendencia a rechazar tanto la propaganda explícita como la constante politización del discurso artístico. Este grupo valora la autenticidad estética por encima del alineamiento ideológico y puede migrar rápidamente hacia propuestas menos cargadas de confrontación simbólica. La saturación del conflicto produce fatiga, y la fatiga puede traducirse en indiferencia.

…un discurso de censura es obsoleto, y las audiencia tienen el control. Las mentiras tienen patas cortas y la mediocridad es asumida como mecanismo de rechazo, «el artista que no es aceptado» busca en las instituciones «comunistas» una vía de protección para sobrevivir. El mercado tiene comida abundante (conciertos, giras internacionales, presentaciones en vivo, colaboraciones, publicidad…) para los que están hambrientos de éxito no de comida…

En el plano internacional, la dinámica adquiere otra dimensión. Fuera del contexto cubano, muchos consumidores no están familiarizados con las etiquetas ni con la carga histórica que implican. El mercado global opera bajo otras lógicas: tendencias sonoras, colaboraciones estratégicas, presencia en playlists editoriales y visibilidad en plataformas de streaming. Un artista puede ser profundamente controversial dentro de la diáspora cubana y, al mismo tiempo, crecer sin obstáculos en mercados donde la discusión política no es un factor determinante de consumo.

Psicológicamente, la intensidad del enfrentamiento se explica por factores que van más allá del arte. Cuba vive un proceso migratorio masivo, crisis económicas prolongadas y una fragmentación familiar que atraviesa generaciones. Cuando un artista habla, no solo emite una opinión: activa heridas, nostalgias, frustraciones y expectativas acumuladas. El público proyecta en figuras culturales sus propias experiencias de pérdida o resistencia. Por eso la reacción suele ser visceral. La música funciona como catalizador emocional en un contexto donde la identidad nacional está en debate permanente.

Desde la perspectiva de la industria, la polarización tiene efectos ambivalentes. Por un lado, puede limitar oportunidades institucionales dentro de determinados espacios. Por otro, puede consolidar nichos fieles y fortalecer la marca personal de un artista que capitaliza su postura como elemento diferenciador. En el entorno digital, la controversia genera tráfico, y el tráfico se traduce en datos, reproducciones y relevancia algorítmica. La economía de la atención no distingue entre aplauso y crítica; ambas sostienen visibilidad.

A largo plazo, la sostenibilidad de esta “guerra cultural” dependerá de factores estructurales más amplios que la música misma. Las nuevas generaciones tienden a consumir contenidos con menor carga ideológica explícita y mayor énfasis en la experiencia estética y global. Sin embargo, mientras el conflicto político siga siendo una realidad cotidiana, el arte continuará funcionando como espejo y amplificador de esa tensión.

En definitiva, la confrontación entre estos sectores no es una simple disputa de artistas, sino la manifestación cultural de un país dividido entre narrativas contrapuestas. La música, lejos de ser un territorio neutral, se convierte en campo simbólico donde se debaten pertenencia, lealtad, memoria y futuro. La pregunta abierta no es quién impondrá su discurso, sino si en algún momento el arte podrá recuperar, en medio de la polarización, su capacidad de convertirse en espacio de encuentro más que de confrontación.

Estudio de las métricas del mercado interno y/o externo...

En el plano cultural, la emergencia de artistas críticos —desde dentro y desde el exilio— ha alterado el equilibrio. La música urbana, el rap contestatario y el activismo digital han llevado debates políticos a públicos masivos. Aun cuando existan mecanismos de censura o presión institucional, el ecosistema digital hace más difícil silenciar completamente una obra o un mensaje. En términos de guerra cultural, el control ya no es unidireccional: es una disputa constante y descentralizada.

Los artistas que mas crecen, son figuras nuevas y emergentes, aquellos que son directos y con una postura frontal. Artistas que no tienen posturas tibias, sino que se atreven a tomar postura «sea de apoyo o rechazo» a la situación actual, y que brindan un mensaje artístico libre, nada condicionado o temeroso. El concepto «me gusta lo que hace» no es nada mediocre si es «atrevido en su discurso» y rompe los esquemas de adoctrinamiento. La audiencia cubana no quiere hoy un «artista mediocre ni complaciente» quiere y apoya en redes al artista que tiene algo nuevo que brindar en su arte y su música.

Si tomamos como muestra a los «100 artistas cubanos hoy mas populares» por el nivel de audiencia en streaming y redes sociales, el 69% comenzó su carrera en menos de 5 años, el 57% tiene menos de 30 años, el 83% ha surgido desde las redes o las plataformas digitales (solo el 17% desde plataformas institucionales o culturales, o afines a los medios oficialistas). 

Todo esto desde difiere en consonancia cuando haces el análisis (los 50 artistas mas populares o incrementas la lista a los 200 artistas mas populares en streaming o redes sociales), hoy ser popular no depende ni de la radio, ni la tv ni de un departamento ideológico. 

Entonces y esto lleva otro análisis aparte, que se necesita para triunfar en la industria de la música (adentro o fuera de la isla). Por que la exclusión y la censura ha llegado al punto, que son muy pocos los que quedan por aplaudir, o peor aún «no vale la pena escuchar tu discurso adoctrinado» me dejaste sordo por saturarme de tu mediocridad.

…muy fuerte si, pero no ha terminado aún, lo que falta, y si se vira la tortilla. Saturaste la audiencia y hoy es ella quien te censura, la dejaste sorda o peor, no te quiere escuchar. 

Escrito por Rafael Valdes

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